Entre el apretón de manos y el resultado
Doce rondas de quince minutos, un laboratorio público y un panel sobre economía circular. Una misma pregunta: qué sostiene una conexión cuando se levanta la mesa.
El segundo día del TCI cambió de ritmo. Bajo las pinturas de la Capilla del Buen Pastor, decenas de mesas numeradas y, cada quince minutos, el aviso de cambio de ronda. Doce rondas en una jornada. La sesión que abrió la mañana tenía un título que sonaba a advertencia: From Handshakes to Hard Outcomes, del apretón de manos a los resultados concretos.

Quince minutos alcanzan para reconocer una afinidad. No alcanzan para construir nada. Lo que viene después depende de lo que no está sobre la mesa, y la propia organización lo sabía: repartió un modelo de memorando de entendimiento para que las conversaciones del día tuvieran un primer papel donde apoyarse. A lo largo de la jornada encontramos tres respuestas a esa pregunta. Un lugar, una persona y una institución.
Un lugar donde probar. Una de nuestras conversaciones fue con el CEPROCOR, el centro público de investigación y desarrollo de la Provincia de Córdoba. Tiene 34 años, unos 150 investigadores y tecnólogos, y trabaja en alimentos, salud y ambiente con una vocación clara: más desarrollo que investigación, siempre a partir de lo que la industria necesita y de lo que hoy se importa y podría ofrecerse desde aquí. Reúne 17 laboratorios y una planta piloto de fármacos que cumple la regulación, lo que permite algo poco común: llevar un desarrollo de la escala de laboratorio a una escala intermedia antes de saltar a la industria.
El riesgo de pasar del laboratorio a una escala grande es muy grande. Tener infraestructura intermedia contribuye a reducir ese riesgo.
Del equipo del CEPROCOR, en una de las reuniones del día.
En alimentos, el centro trabaja con secado por spray y microencapsulación; uno de los desarrollos en curso es una miel en polvo que funciona como vehículo de proteínas y fibras. Lo que más valoran quienes llegan de afuera, nos contaron, es poder resolver en un mismo lugar una gran parte del camino de un desarrollo. Por eso el centro quiere abrir esa infraestructura a más proyectos, en particular a emprendimientos de base científica. La pregunta que quedó sobre la mesa fue, en el fondo, otro tipo de match: qué tecnologías quieren desarrollar los emprendedores y cuáles podría ayudarles a acelerar el centro.
Una persona que haga el camino. La conversación tocó dos dificultades que no son de Córdoba, sino de cualquier sistema de innovación. La primera es la del investigador que quiere emprender y queda entre dos mundos, con reglas pensadas para la academia y decisiones que piden otra formación. La segunda es el financiamiento internacional: las convocatorias piden socios de otros países ya articulados, y cuando se abre el plazo ya es tarde para conocerse.
Maria Augusta trajo a la mesa una experiencia propia. En Brasil, coordinó un programa en el que startups de base científica recibían, de un lado, preparación en gestión de negocios y, del otro, la validación de sus tecnologías en laboratorio, diez por vez. Lo que aprendió es que ninguna de las dos partes lo resuelve sola. El laboratorio pone la prueba; alguien tiene que poner el camino.
Una institución que reúna. Por la tarde, la sesión de la CEPAL sobre iniciativas clúster y economía circular llevó la misma pregunta a otro sector. Para una pyme, la transición circular tropieza con barreras que ninguna empresa resuelve sola: volúmenes escasos, logística cara para cantidades pequeñas, falta de datos y de trazabilidad. La respuesta del panel fue la articulación. Un cluster permite ganar escala, compartir infraestructura, como un centro de acopio, y construir la confianza que todo lo demás exige.
Los casos lo mostraron. En Querétaro, el clúster automotriz trabaja desde hace cuatro años como habilitador de conocimiento dentro de las empresas, desarrollando competencias propias para la economía circular. En Córdoba, el Clúster de Bioenergías reúne plantas que generan energía a partir de residuos agroindustriales y proyecta un parque de energía renovable comunitario, híbrido, para abastecer a sus propias empresas. Entre los ejemplos citados, una empresa de embalajes de madera dejó de vender pallets: hoy vende un servicio.
El nivel del medio. Un lugar, una persona, una institución: las tres respuestas ocupan el mismo espacio, y hay un concepto que lo nombra. La competitividad sistémica, formulada en los años noventa en el Instituto Alemán de Desarrollo, sostiene que la competitividad no depende solo de empresas eficientes y de una macroeconomía estable. Entre las dos hay un nivel meso: agencias, centros tecnológicos, universidades, cámaras y clusters que hacen de puente. En la apertura de su sesión, la CEPAL recordó que su plataforma ya registra alrededor de 480 iniciativas clúster en la región, y que todavía no necesariamente ocupan un lugar central en las políticas de desarrollo productivo. Ahí está el trabajo: que el medio deje de ser un lugar de paso y se convierta en una pieza de la política.
Qué cambia para quien diseña programas
¿Quién sostiene, en su programa, lo que pasa después del apretón de manos?
Siga leyendo: día 3 del Cuaderno de Córdoba. O siga a FuturAct en LinkedIn.